viernes 10 de julio de 2009

Nagara

El sol se desmigaja sobre el agua.
Tu mano no sostiene ya mi mano.
Mis párpados se cierran ante la belleza.

El mar sigue velando cuando todo duerme.

martes 30 de junio de 2009

Herida

No hay nada más desgarrador, amiga,
que perecer en la distancia helada
donde mirada amada ya no mira.

jueves 18 de junio de 2009

Tontalitarismo igualitario

[Apuntes en tiempos apresurados para un artículo futuro. La lección de un maestro que ya lo dijo todo hace siglo y medio.]

Ante todo: la importancia capital del bachillerato como institución vertebradora de la cultura de una sociedad:

Los dos conocemos el instituto de bachillerato: ¿también con respecto a esa institución educativa, por ejemplo, cree usted que se podría acabar con las antiguas y tenaces costumbres, con ayuda. de la honradez, y de ideas buenas y nuevas? En mi opinión, en este caso, a los arietes de un asalto no se opone una dura muralla, sino la más fastidiosa rigidez e inasibilidad de todos los principios. El asaltante no debe destruir a un adversario visible y sólido: antes bien, dicho adversario está disfrazado, puede transformarse en cien figuras, y en una de éstas puede escapar a la garra que lo atrape, confundiendo siempre al asaltante con una vil concesión o con un movimiento de retroceso. Precisamente el instituto de bachillerato ha sido el que me ha impulsado a huir desalentado a la soledad, precisamente porque opino que, si en ese campo no concluye la lucha con una victoria, todas las demás instituciones de la cultura deberán ceder, y que, si alguien se desanima con respecto a eso, deberá desanimarse. también con respecto a las cuestiones pedagógicas más serias. Así, pues, le ruego, maestro, que me instruya en relación con el instituto de bachillerato: ¿qué decadencia podemos esperar de él, y qué renacimiento?»

«También yo», dijo el filósofo, «atribuyo al instituto de bachillerato, como tú, una importancia enorme: todas las demás instituciones deben valorarse con el criterio de los fines culturales a que se aspira mediante el instituto; cuando las tendencias de éste sufren desviaciones, todas las demás instituciones sufren las consecuencias de ello, y, mediante la depuración y la renovación del instituto, se depuran y renuevan igualmente las demás instituciones educativas. Ni siquiera la universidad puede pretender ahora tener semejante importancia de fulcro motor. La universidad, en su estructura actual, puede considerarse simplemente -al menos, en un aspecto esencial- como el remate de la tendencia existente en el instituto de bachillerato.

Sobre la imposibilidad de compatibilizar la excelencia intelectual y el igualitarismo (no de derechos, sino de resultados) y cómo esto deviene en la dictadura del "ser de masa", que el Estado fomenta:

En el momento actual, nuestras escuelas están dominadas por dos corrientes aparentemente contrarias, pero de acción igualmente destructiva, y cuyos resultados confluyen, en definitiva: por un lado, la tendencia a ampliar y a difundir lo más posible la cultura, y, por otro lado, la tendencia a restringir y a debilitar la misma cultura. Por diversas razones, la cultura debe extenderse al círculo más amplio posible: eso es lo que exige la primera tendencia. En cambio, la segunda exige a la propia cultura que abandone sus pretensiones más altas, más nobles y más sublimes, y se ponga al servicio de otra forma de vida cualquiera, por ejemplo, del Estado.

¿Por qué esta subordinación de la instrucción pública a los intereses del Estado? La recaudación de servidumbre asistida:

Ahora bien, este último fenómeno debería volverlos perplejos, debería recordarles, por ejemplo, esa tendencia afín, comprendida poco a poco, de una filosofía favorecida tiempo atrás por el Estado y destinada a promover los fines del Estado, o sea, la tendencia de la filosofía hegeliana; más aun: quizá no fuera exagerado sostener que Prusia, al subordinar todos los esfuerzos culturales a los fines del Estado, se ha apropiado con éxito de la parte en que la herencia de la filosofía hegeliana es prácticamente utilizable: la apoteosis del Estado, por obra de dicha filosofía llega a su apogeo indudablemente en esa subordinación.»

«Pero, ¿qué fin puede tener el Estado», preguntó el acompañante, «al sostener una tendencia tan inquietante? Que se trata de fines políticos resulta ya evidente del hecho de que otros Estados admiran, consideran ponderadamente y aquí y allá imitan semejante reglamento escolar de Prusia. Evidentemente, esos otros Estados suponen que eso beneficia a la estabilidad y a la fuerza de un Estado, como ocurre con esa famosa conscripción general, que ha llegado a ser tan popular. Cuando se ve que todos llevan periódicamente y con orgullo el uniforme militar, cuando se ve que casi todos han recibido en los institutos de bachillerato una cultura nivelada de Estado, se puede hablar entonces, con exageración, casi de un reglamento digno de la antigüedad, de una omnipotencia del Estado alcanzada sólo en la antigüedad, y que el instituto y la educación estimulan a los jóvenes a considerar semejante Estado como la cima y el fin supremo de la existencia humana.»

¿Por qué necesita el Estado ese número excesivo de escuelas y de profesores? ¿Con qué objeto esa cultura popular y esa educación popular, tan ampliamente difundidas? Porque se odia al espíritu alemán auténtico, porque se teme la naturaleza aristocrática de la cultura auténtica, porque propagando y alimentando las, pretensiones culturales en la multitud se quiere incitar a los grandes individuos a buscar un exilio voluntario, porque se intenta escapar a la severa y dura disciplina de los grandes guías, haciendo creer a la masa que encontrará por sí sola el camino, guiada por el Estado, auténtica estrella polar. ¡Ahí tenemos un fenómeno nuevo! ¡El Estado como estrella polar de la cultura! No obstante, hay una cosa que me consuela: ese espíritu alemán, que se ve combatido hasta ese punto, que ha sido substituido por un vicario cargado de decoraciones variopintas, ese espíritu -digo- es valiente: luchando, conseguirá salvarse, abrirse camino hacia una época más pura, y conservará -siendo como es noble y consiguiendo como conseguirá la victoria- cierto sentido de compasión hacia el Estado, y lo excusará de su alianza con semejante pseudocultura, ya que la situación del Estado es extraordinariamente penosa y embarazosa. Efectivamente, ¿quién puede hacerse idea, en definitiva, de lo difícil que es la misión de gobernar a los hombres, es decir, de conservar la ley, el orden, la tranquilidad y la paz, entre muchos millones de individuos, pertenecientes a una casta que en su inmensa mayoría es descomedida, egoísta, injusta, irracional, inmoral, envidiosa, malvada y, por si fuera poco, bastante limitada y extravagante, y, además, defender continuamente, contra vecinos codiciosos y bandidos insidiosos, las posesiones que el Estado ha conseguido adquirir? Un Estado en condiciones tan tristes se une a cualquier aliado: y, cuando un aliado se ofrece espontáneamente, con frases pomposas, cuando, como ha hecho Hegel por ejemplo, lo llama "organismo ético absolutamente perfecto", y establece como misión de la cultura que cada cual encuentre el lugar y la situación en que pueda servir del modo mejor al Estado, ¿quién va a tener derecho a asombrarse en tal caso de que el Estado salte al instante al cuello de semejante aliado espontáneo, y lo salude con plena convicción y con su profunda voz barbárica: "¡Eso es! ¡Tú eres la cultura, tú eres la civilización!"


Este modelo "comprensivo" y estatocrático sólo puede sostenerse, por supuesto, sobre otra masa: la que conforman los profesores mediocres al servicio del tontalitarismo igualitario del Estado:

Lo mismo se puede decir también con respecto a los profesores. Precisamente los mejores, los que en general, según un criterio superior, son dignos de ese nombre honorífico, quizá sean los menos aptos, en el estado actual del bachillerato, para educar a esta juventud no selecta, escogida, amontonada, y, más que nada, deben ocultarle, en cierto modo, lo mejor que podrían ofrecer. Por el contrario, la inmensa mayoría de los profesores se siente en su ambiente en esas escuelas, ya que sus dotes están en cierta relación armónica con el bajo nivel y la insuficiencia de esos escolares. Esa mayoría exige ruidosa e insistentemente la fundación de nuevos institutos y nuevos centros superiores: vivimos en una época en que con esas continuas exigencias, que resuenan con un ritmo ensordecedor, provoca indudablemente la impresión de que hoy una necesidad desmesurada de cultura intenta afanosamente satisfacerse. Pero precisamente ésta es la ocasión en que hay que saber entender bien, en que hay que mirar a la cara -sin dejarse turbar por el efecto pomposo de las palabras culturales- a quienes hablan tan incansablemente de la necesidad cultural de su época. Se experimentará entonces una extraña decepción, la misma que nosotros, mi querido amigo, hemos experimentado con tanta frecuencia: de repente esos chillones heraldos de la necesidad cultural se transformarán, si los miramos seriamente y de cerca, en adversarios ardientes -o, mejor, fanáticos- de la cultura auténtica, es decir, de la que es partidaria de la naturaleza aristocrática del espíritu.

No, queridos estudiantes de bachillerato, la Venus de Milo no os importa para nada; pero igualmente poco importa a vuestros profesores, y ésa es la desgracia, y ése es el secreto del bachillerato actual. ¿Quién podrá conduciros hasta la patria de la cultura, si vuestros guías están ciegos, aunque se hagan pasar todavía por videntes? Ninguno de vosotros conseguirá llegar a disponer de un auténtico sentido de la sagrada seriedad del arte, ya que se os enseña con mal método a balbucear con independencia, cuando, en realidad, habría que enseñaros a hablar; se os enseña a ensayar la crítica estética de modo independiente, cuando, en realidad, se os debería infundir un respeto hacia la obra de arte; se os habitúa a filosofar de modo independiente, cuando, en realidad, habría que obligaros a
escuchar a los grandes pensadores. El resultado de todo eso es que permaneceréis para siempre alejados de la antigüedad, y os convertiréis en los servidores de la moda.

Frente a ello, la defensa de la excelencia cultural:

Así, pues, nuestro objetivo no puede ser la cultura de la masa, sino la cultura de los individuos, de hombres escogidos, equipados para obras grandes y duraderas: nosotros sabemos ahora que una posteridad equitativa juz­gará el estado cultural de conjunto de un pueblo únicamente en función de los grandes héroes de una época, que avanzan en solitario, y dará su veredicto según que dichos héroes hayan sido reconocidos, ayudados, honrados, o bien segregados, marginados, maltratados, aniquilados.

[Continuará.]

lunes 15 de junio de 2009

Solitario que naufragas en tu sombra sin cadenas...


... "el amor es el hombre inacabado".


domingo 14 de junio de 2009


Bebo mi rostro sobre un ojo de agua
que miro y que me mira, que me bebe.
Yo soy el que se hunde en la frontera
de los labios, la imagen que perece.

miércoles 10 de junio de 2009

Tu recuerdo calando gota a gota

la herida hospitalaria donde brota
ese perfume hecho de memoria...

lunes 8 de junio de 2009

La rabia es una lluvia en la garganta que no mana.
Llora también, tras la ventana,
la lluvia que ya no compartiremos.

(¿Contra qué nombres, dónde se precipita
la fiebre, la tormenta a la que un día convergimos?
Haces sangrar mi alma todavía
como garganta contra la acerada
obstinación de la cuchilla.)

Fuiste artesana de mi piel, lluvia de manos,
lengua que rubricaba mi costado.
Hoy sólo queda, tras la lluvia,
mi cuerpo convertido en huella tuya.

(Qué poco amor necesitamos para dar la vida.
Qué poca vida para darnos muerte.
Qué poco tú y qué poco yo para un nosotros.
Qué tenue rayo para tanto trueno.
Relámpago que hiere y que no dura.
Eso hemos sido.)

Llueve la lluvia y nos arroja contra el mundo.
Nosotros no ha sobrevivido a ti y a mí.
La noche está de luto, pero pasa;
vuelve la aurora y no nos reconoce.
Morir es algo más que seguir vivo
y el tiempo no me evita ni me acoge.

viernes 29 de mayo de 2009

Cuestión de cortesía

Señorita, le ruego que no me eche su ego encima (a menos que venga precedido de su cuerpo).

miércoles 27 de mayo de 2009

La lección de la maestra





http://latorredemontaigne.blogspot.com/2007/09/la-escuela-de-la-esperanza.html

miércoles 20 de mayo de 2009

Compañera

Para siempre me tienes a tu vera,
la querencia me aposta a tu costado,
y si acaso me ausento de tu lado,
tendida junto a ti dejo mi estera.

Para siempre me tienes compañera,
para siempre me tienes aferrado,
parra que alzas, rosal que te ha trepado,
yedra tenaz, osada enredadera.

Yo nunca cejo, amor, yo nunca cejo,
a menudo me vuelvo en el camino
y en el rostro me llevo tu reflejo.

Nunca me alejo, amor, nunca me alejo,
de pájaros me lleno y me culmino
y me venzo hacia ti, por ti me inclino.


lunes 11 de mayo de 2009

La cara oculta del carnaval

miércoles 6 de mayo de 2009

Mayo del 69 (sic)



Coda (Woodstock 2009):

http://www.youtube.com/watch?v=zqfFrCUrEbY

lunes 27 de abril de 2009

Poética

1

Nunca te desdigas
de lo que callaste a tiempo.
Hay valor cuando se emprende
un prontuario de omisiones.

2

Una adición de éxtasis
no siempre es una suma.

3

¿Tender la mano abierta al vértigo
o aprender de los árboles,
que han aprendido a cortejar su calma?

4

La vida, un puñado de verdades
que es difícil encajar de noche.

5

No basta con amar
a las palabras para arder
en el insomnio de la sensación.
Elucidar la vida exige aliento.

6

Pasión, la eternidad acecha
por la rendija herida de tu puerta.

7

La luz sólo ilumina
si renuncia a hacer cautivos.
La belleza no precisa sacrificios.

La biblioteca está en llamas (12)

Como no renunciaba a la esperanza de volver alguna vez a la universidad, me dedidí a preparar mi tesis pese a la enorme pereza que me daba. Escogí como tema el pensamiento de Cioran, que yo conocía bastante bien y el resto de la academia española nada en absoluto. Además podía leerle en su idioma original (en aquel entonces Cioran no quería saber nada de sus libros en rumano) y la bibliografía a consultar era bastante corta, porque casi nadie le había estudiado todavía. De modo que podía ser exhaustivo sin quedarme eshausto. Como director de tesis opté por José Luis Pinillos, catedrático de Psicología con quien siempre me había llevado razonablemente bien. Pinillos fue un director de tesis nada entrometido, cooperativo y tolerante, pero creo que tuvo ocasión de maldecir más de una vez la hora en que se le ocurrió aceptar mi encargo. Y es que enseguida empezaron los problemas. No en vano yo tenía ya una fama bien asentada de perturbador levemente perturbado (mi último tropiezo fue verme expulsado de un curso de doctorado algo aburrido por haberme dedicado sin recato a meter mano a una exuberante compañera, tan aburrida o más que yo). La primera alarma fue el rumor, no menos disparatado que halagador, de que Cioran era un invento mío, un heterónimo para publicar mis chifladuras y que la pretendida tesis sobre tal fantasma no pretendía ser sino una sofisticada burla a la academia. Yo me lo tomé a broma, pero Pinillos pareció algo preocupado y me aconsejó que recabase del autor una carta respaldando mi trabajo, que serviría además como prueba de su existencia. De modo que le escribí: "Cioran, dicen que usted no existe". Me contestó a vuelta de correo: "Por favor, no les desmienta". Pero me envió una especie de carta-prólogo para la tesis, en la que aseguraba que él de ningún modo era un filósofo y que el único miembro de este gremio que conocía actualmente era un clochard parisino que solía pedirle de vez en cuando dinero mientras abominaba de los sinsabores de la vida. Francamente, no sé si la misiva contribuyó a mejorar las cosas: ya nadie dudó de que Cioran existiese, pero todos pensaron que éramos desdichadamente tal para cual.

La biblioteca está en llamas (11)

El júbilo no puede ser excesivo, sino que es siempre bueno; la melancolía, en cambio, es siempre mala.

lunes 20 de abril de 2009

La biblioteca está en llamas (10)

Había en otros tiempos... ¿ha observado cómo aromatizan e invaden el cuarto las glicinas bañadas por el sol de esta pared? Lo hacen como si (liberadas por luz) se movieran con avance secreto, rozando y pasando de uno a otro átomo los mil ingredientes de esta penumbra. Ésa es la esencia del recuerdo: sensación, gusto, olfato. No se trata del entendimiento, del pensar. La memoria no existe; el cerebro recuerda lo que los músculos se esfuerzan por hablar, ni más ni menos, y la resultante es por lo general falsa, merecedora apenas del nombre de sueño... ¡Ah sí, el dolor se aleja, se desvanece, lo sabemos muy bien..., pero pregunte usted a los lagrimales que han olvidado llorar! Hubo en otros tiempos un estío de glicinas. Todo estaba impregnado de glicinas (y yo tenía catorce años entonces), como si todas las primaveras futuras se hubieran condensado en una sola en un verano: la primavera y el verano que pertenecen a toda mujer que ha respirado en este mundo, deudora de todas las primaveras traicionadas que, desde tiempos irrevocables, quedaron detenidas para volver un día a reflorecer. Era una vendimia de glicinas, pues el año de vendimia consiste en esa dulce conjunción de raíces, flores y ansias, horas y tiempo; yo (que tenía catorce años) no insistiré en la floración, puesto que ningún hombre podía mirarme aún (ni lo haría jamás) con algún detenimiento, no como a una niña, sino como a algo menos que una niña; no sólo más niña que mujer, sino menos que cualquier especie de carne femenina. Tampoco hablaré de hojas... yo, hoja amargamente pálida, raquítica y frustrada, temerosa de cualquier derecho al verde luminoso que podía haber iniciado los tiernos juegos infantiles de novios de un día, o detenido el vuelo de las voraces avispas masculinas de una pasión futura. Pero insisto y reclamo la raíz y las ansias, ¿no he heredado acaso de todas las Evas solitarias que han nacido después de la Serpiente? Sí, lo afirmo, yo crisálida frustrada de una ciega simiente perfecta: pues ¿quién podrá decir que una raíz nudosa y olvidada no florecerá un día en un capullo redondo y concentrado, más pleno y concentrado y embriagador porque esa misma raíz abandonada no estaba muerta sino dormida?

lunes 13 de abril de 2009

Yo, que tantos hombres he sido...

Como se colige del relato del topillo (insisto en que el topo es real, no una amenazadora forma de mi fiebre), atravieso una época de cambios, viajes, estrés laboral y trastornos de personalidad. Escribo mucho en mis cuadernos, pero poco aquí.

Para conjurar mis demonios, he decidido hacer un experimento: he creado un blog heterónimo. En él, seré fiel al hombre que yo sería (yo, que tantos hombres he sido) si fuera lo que mi hermano, mi señora esposa y muchos amigos, conocidos y saludados son: un progre melancólico. Este espécimen es una mezcla de nostalgia narcisista, compulsión viajera y fervor utópico (vertiginosamente inconcreto); en suma, un tipo que no está nunca en casa: en el presente. Un ejemplar que zascandilea con la gramática de la poesía, ignorando la poesía de la gramática (de ahí su afición a los juegos de palabras y las conversaciones etéreas, su culto a los payasos y los vagabundos, el vicio por los amores imposibles, los trucos de magia, las revoluciones -en otros países-, Montmartre en cinemascope, las letras minúsculas, un Rimbaud que es el Ché que es Jim Morrison, la improvisación, el jazz, los puntos suspensivos... los cigarrillos... el humo...). Espíritus superficiales, pero seductores. Niños grandes.

Así que actuaré como si me gustaran el Bolaño más etílico y el Cortázar más cronopio y "colgaré" (durantes unas semanas y de tanto en tanto, nomás) textos breves, fotos y vídeos musicales on the rocks. Y fiebre y lanza y baile y sueño. ¿Me convertiré en un seductor grunge, a mi pesar? Vosotros, hermano, señora esposa, amigos, conocidos y saludados diréis si gano con el cambio.

(El blog se subtitula: Memorias de un Adriano. Conviene aclarar que los Sianes somos los, así llamados desde antaño, Adrianos http://desmemoriasdeadriano.blogspot.com/)

miércoles 1 de abril de 2009

La luz de la mañana los disipa

Anoche volví a soñar que salía de la casa de mis abuelos paternos, que tiraba a correr hacia la casa de mis otros abuelos, allá arriba, en las afueras del pueblo. Un sueño recurrente que, desde hacía años, no tenía (¿Por qué tan a menudo corro en sueños?).

Al despertar esta mañana, pensaba que, tras la muerte de mi abuela materna, esas casas están al fin vacías y que sólo podría encontrarlas habitadas ya en mis reiterados sueños. Pensaba que debía sentirme melancólico: era ya irrecuperable mi lejana infancia, había perdido el referente vivo de mis antepasados, no volverían a repetirse las carreras solitarias por mi pueblo. Pensaba que vivir es, más que disfrutar de las conquistas, aprender a gestionar las pérdidas. Vivir es ir muriendo cada día. (Y es que lentamente engrosa el número de encuentros a los que sólo acudiremos en nuestros repetidos sueños y lentamente aumenta el número de aquellos que nos acompañan hoy tan sólo en la imaginación, en el deseo y el recuerdo -ya nunca más se posará su mano sobre nuestra mano, ni se aferrará su cuerpo vivo contra nuestro cuerpo-). Y allí, sobre la cama, miraba hacia el confín de aquella edad en que la muerte tiene aún el rostro de nuestros abuelos.

Pero amanece. Qué fácilmente damos preeminencia, me decía luego, al gesto de dolor sobre los ademanes del asombro y del agradecimiento. Con rutinaria capitulación edificamos nuestra casa sobre los arrabales del recuerdo (nuestra patria perdida es la infancia, nuestra fidelidad sólo será leal con lo que ha muerto) o en la prometida y promisoria ínsula del porvenir; raramente fundamos el hogar en el incandescente instante, en el presente manantial, bajo la luz de un sol que no se pone. Qué complacientes somos con la noche y qué sombríos bajo el mediodía. Con qué complicidad privilegiamos la despedida y el adiós sobre el hallazgo y el descubrimiento.

Porque hace años, siento ahora, cuando aún estaban habitadas esas casas que unían mis infantiles carreras, no podría haber soñado con Rocío, con los silencios de Char, con ese atardecer de Roma prolongado hasta el amanecer, ni con aquella noche levantina donde en cada palabra y cada hora ardía un mundo.

Los malos sueños son una marea negra y pegajosa que nos arroja contra la vigilia, temblando y empapados por su oscuridad impía. La luz de la mañana los disipa.

Esta mañana amanecí abrazado a la mujer que amo y que me ama. ¿Qué dice eso de la medianoche?

Porque yo ya no soy yo...

(Para mis compañeros de APIA, que entienden.)

Llevo meses detrás de un topo que se ha colado en mi cocina. Lo he intentado todo: trampas para ratones, restos de pizza Quattro Formaggi, emboscadas armado con una vieja escoba. Todo en vano. El jodido es olímpicamente escurridizo. Mi casera me ha recomendado que le eche polvos envenenados por todos los rincones de la cocina (al topo, no a mi casera). Y yo, que en las zozobras de los polvos soy obediente, se los he echado. También en vano.

A menudo, en la alta noche, oigo el deambular infatigable de ese animal que se encona en mi cocina como un remordimiento. En ocasiones, me cuesta conciliar el sueño. ¿Quién podría convivir tranquilo con un topo que campa, soberano, por su propia casa? A la luz titubeante de las mañanas, encuentro sus caquitas ostentosas esparcidas por esa encimera que, cual Sísifo doméstico, me empeño en limpiar y relimpiar con los productos comprados en el Covirán de mi pueblo (empiezo a tener fama de lila entre mis vecinas).

En los últimos días, el trajín ha aumentado. Me alarma pensar que pueda tratarse una plaga. Y, sin embargo, el topo parece encontrarse tan a gusto en mi casa, tan amenazado cuando atisba mi presencia constante, mi resistencia a cederle el terreno, que he llegado a cuestionarme quién es el invasor y quién el invadido.

A la vuelta del trabajo, fatigado, encuentro mi llave cada día más pesada; mi cerradura, más resistente; mi casa, más ajena. A veces, ni siquiera sé de qué lado de la puerta estoy.

martes 17 de marzo de 2009

La biblioteca está en llamas (9)

La habitación del suicida

Seguramente crees que la habitación estaba vacía.
Pues no. Había tres sillas bien firmes.
Una lámpara buena contra la oscuridad.
Un escritorio, en el escritorio una cartera, periódicos.
Un buda despreocupado. Un cristo pensativo.
Siete elefantes para la buena suerte y en el cajón una agenda.
¿Crees que no estaban en ella nuestras direcciones?

Seguramente crees que no había libros, cuadros ni discos.
Pues sí. Había una reanimante trompeta en unas manos negras.
Saskia con una flor cordial.
Alegría, divina chispa.
Odiseo sobre el estante durmiendo un sueño reparador
tras las fatigas del canto quinto.
Moralistas,
apellidos estampados con sílabas doradas
sobre lomos bellamente curtidos.
Los políticos justo al lado se mantenían erguidos.

No parecía que de esta habitación no hubiera salida,
al menos por la puerta,
o que no tuviera alguna perspectiva, al menos desde la ventana.

Las gafas para ver a lo lejos estaban en el alféizar.
Zumbaba una mosca, o sea que aún vivía.

Seguramente crees que cuando menos la carta algo aclaraba.
Y si yo te dijera que no había ninguna carta.
Tantos de nosotros, amigos, y todos cupimos
en un sobre vacío apoyado en un vaso.

lunes 16 de marzo de 2009

El pan nuestro de cada día (1)

Política.

¿Dónde encontrar hoy Ulises que arrostren ese ogro filantrópico? No en las aulas de los institutos. Cuando, incidentalmente, aparece este asunto en mis clases de bachillerato, la respuesta de mis alumnos es, aunque esperada, desalentadora: los jóvenes, dicen, pasan de la política. Es difícil hacerles comprender que no se trata de una opción viable. Lo sabía Aristóteles: el hombre socializado es, constitutivamente, político; y pasar de la política es, por supuesto, una opción política.

Pero, ¿qué es la política?. ¿Ese dinamismo de los crímenes? ¿El arte de hacer felices a los pueblos? ¿Esa pesadilla de la que nunca despertamos? ¿El arte de enriquecerse a costa del contribuyente? Definiciones de grandilocuencia romántica o coqueto cinismo que condicen mal con nuestro amodorrado tiempo.

Atendiendo a lo que vemos en la tele, podríamos sostener, sin injusticia, que la política (como los cómics de superhéroes, como los videojuegos, como la vida marital, como las películas porno) se ha convertido en una sucesión de insípidos tiempos muertos que el cliente padece con impaciente desinterés, hasta que sus protagonistas (profesionales estereotipados, infatigables, monomaníacos) deciden (nunca tardan) darse caña.

jueves 12 de marzo de 2009

La biblioteca está en llamas (8)

En la Apertura, el trovador. Villon no anda lejos; Dante, sensual señor feudal, empareja al ciprés con la carne del arce; D'Aubigné es el más devastado; Petrarca dibuja con Giotto el doble crisantemo; Shakespeare es la posteridad de Shakespeare; Louise Labé ganó sus espuelas en la tregua de lis, ella es amante; Scéve vitrifica; aunque cuadrada, la vela de Ronsard tiene rizos de serpentina; Teresa de Ávila y Sade, los más audaces, son los más expuestos; Racine nos incendia en claroscuro; Chénier tiene la entereza del desastre; el capitán de loberos Pushkin; el regüeldo profético de Blake; Keats, semejante a Endimión, no ha cumplido su tiempo, no ha tocado muro alguno, luminoso nudo corredizo; Leopardi poetiza su miedo adivino en la noche de la naturaleza; la mano de Hugo venda el pecho de Ruth, un canto perfecto se alza; Chateaubriand llena con sus voluntades la urna de la palabra; la inspiración de Vigny perdura en un ángulo insigne; Nerval posee la gracia que provoca hambre; Baudelaire funde las heridas de la inteligencia en un dolor que rivaliza con el alma; las alas de Hölderlin son espaciosas, sabe tanto como los mudos; Mallarmé es a la vez único y condicional; Nietzsche destruye la galera cósmica antes de que cobre forma; Melville es digno de confianza; Poe, de frente o de espaldas, sirve de testigo; en la extenuación Emily Brontë alienta; Rimbaud no humilla al País que revela; en la obscenidad Verlaine se desenvuelve con la máxima elegancia; Lautréamont, blasfemo, hombre de bien, pone fin; el timbre de la bicicleta de Jarry no provoca aluciones más que en la periferia de París capital; Apollinaire empalma el canto hondo con la facundia; Claudel es irresponsable; Sygne nos sonríe desde su verde otero; Kafka es nuestra pirámide; Rilke nos tiende el trébol de cuatro hojas de la muerte; Proust de repente es Píndaro; Reverdy se hunde y desdeña el beneficio; veo de nuevo a Éluard; aquel a quien olvido fue feliz.

lunes 2 de marzo de 2009

Coda


Ella predice el porvenir. Y yo estoy encargado de verificarlo.

Caballo que camina a nuestro paso

1898. Un oscuro párroco andaluz seduce a una joven feligresa. El sacrilegio enciende las lenguas, pero está al servicio de una causa humana. El apellido Sianes prevalece.

Setenta y cinco años después, bajo la lluvia, escoltada por las gotas que percuten contra su paraguas, Adela acoge el olor a cigarrillo que precede al hombre, aún desconocido, cuyo primogénito se llamará, como él, Francisco.

No llovía la tarde en la que Eduardo conoció a la antigua amiga de su hermano; unas asignaturas aprobadas abren la puerta del verano y de Mariele.

Un cuarto de siglo antes, en una Viena cercada por las aguas de la historia, Frederike Sylvie espera a Gonzalo, el médico sevillano que viaja a su encuentro (Ambos lo ignoran). En los atardeceres guineanos, durante siete largos años, Luis desteje una pasión que minuciosamente teje en el papel la jovencita Elena. Destinos de Penélope, hoy sólo quedan dos ancianas que se apagan lentamente. Nadie sabe de las cartas.

(Allá, en el horizonte, Adán y Eva.)

Hace apenas seis meses, tormenta de verano en Halstatt (es preciso extraviarse por las sendas de Oku para regresar a Austria). En el balcón (bajo la misma lluvia), geranios que se mecen ante el lago y los relámpagos. Más adentro, sobre el lago tibio y encrespado de las sábanas, dos cuerpos que se mecen en el lecho de los rayos, cuyo trueno son. La improbabilidad juega con cartas marcadas; pero el azar reposa y vela junto a ellos.

Mañana. Un 19 de marzo cualquiera. Nuestro amor sobrevive en un ángulo acosado cuyo vértice es inexpugnable.

lunes 23 de febrero de 2009

La biblioteca está en llamas (7)

Observé a la niña y encontré al fin a mi madre. La claridad de su rostro, la ingenua posición de sus manos, el sitio que había tomado dócilmente, sin mostrarse ni esconderse y, por último, su expresión, que la diferenciaba como el Bien del Mal de la niña histérica, de la muñeca melindrosa que juega a papás y mamás; todo esto conformaba la imagen de una inocencia soberana (si se quiere tomar esta palabra, según su etimología, que es "no sé hacer daño"), todo esto había convertido la pose fotográfica en aquella paradoja insostenible que toda su vida había sostenido: la afirmación de una dulzura.
(...)
Me importa poco saber si Dios existe o no; pero lo que sí sé y sabré hasta el final es que no debería haber inventado al mismo tiempo el amor y la muerte.

La biblioteca está en llamas (6)

El hombre está sometido a dos debilidades que forman parte de su existencia, que la caracterizan. Es preciso que ruegue por todas partes, es preciso que ame por todas partes; y ésa es la base de todas las novelas. Las hizo para pintar a los seres que imploraba, las hizo para celebrar a los seres que amaba.

martes 17 de febrero de 2009

La biblioteca está en llamas (5)

Algunos cuadros de la guardia, inmóviles en el torrente de la derrota, como rocas en un curso de agua, se mantuvieron hasta la noche. Llegada la noche, acompañada de la muerte, esperaron esta soble sombra e, impertérritos, se dejaron envolver por ella. Cada regimiento, aislado de los demás, y no teniendo lazo alguno con el ejército deshecho por todas partes, moría por su cuenta. Habían tomado posiciones para llevar a cabo esta última acción, unos sobre las alturas de Rossomme, otros en la llanura de Mont-Saint-Jean. Allí, abandonados, vencidos, terribles, estos cuadros sombríos agonizaban formidablemente. Ulm, Wagram, Iena, Friedland, morían en ellos.

A la hora del crepúsculo, hacia las nueve de la noche, sólo quedaba uno en la parte baja de la meseta de Mont-Saint-Jean. En este valle funesto, al pie de aquella pendiente que habían subido los coraceros, inundada ahora por las masas inglesas, bajo los fuegos convergentes de proyectiles, este cuadro seguía luchando. Estaba mandado por un oscuro oficial, llamado Cambronne. A cada descarga, el cuadro disminuía, y respondía. Repicaba a la metralleta con la fusilería, estrechándose continuamente sus cuatro muros. A lo lejos, los fugitivos, al detenerse para tomar aliento, escuchaban en las tinieblas aquel trueno sombrío que iba decreciendo por instantes.

Cuando esta legión no era ya más que un puñado de hombres, cuando su bandera no era más que un harapo, cuando sus fusiles agotados de balas no fueron más que bastones, cuando el montón de cadáveres fue mayor que el grupo vivo, hubo entre los vencedores una especie de terror sagrado en derredor de aquellos sublimes moribundos, y la artillería inglesa, tomando aliento, guardó silencio. Fue una especie de tregua. Aquellos combatientes tenían a su alrededor, como un hormiguero de espectros, siluetas de hombres a caballo, el perfil negro de los cañones, el cielo blanco, visto a través de las ruedas y de las cureñas; la colosal calavera que los héroes entreven siempre entre el humo en el fondo de la batalla, avanzaba hacia ellos y los miraba. Pudieron oír, en la sombra crepuscular, que se cargaban las piezas; las mechas encendidas, semejantes a ojos de tigre en la oscuridad, formaron un círculo en torno a sus cabezas; todos los botafuegos de las baterías inglesas se acercaron a los cañones, y entonces, conmovido, teniendo el instante supremo suspendido encima de aquellos hombres, un general inglés, Colville según unos, Maitland según otros, les gritó:

- ¡Rendíos, valerosos franceses!

Cambronne respondió:

-Merde!

sábado 14 de febrero de 2009

La biblioteca está en llamas (4)

De igual manera que los niños alargan a tientas las manos hacia las cosas cuando desde el interior de sus ojos la luz se vuelve hacia fuera, así buscaba yo palabras e imágenes capaces de aprehender aquel brillo nuevo de las cosas, que me cegaba. Nunca antes había sospechado yo que hablar pudiera causar tales tormentos; y, sin embargo, no deseaba volver a la vida de antes, más despreocupada. Si nos hacemos la ilusión de que un día podremos llegar a volar, a partir de ese instante preferimos el torpe salto a la seguridad del andar por caminos ya recorridos. Eso es sin duda lo que explica la sensación de vértigo que con frecuencia me sobrecogía en tales actos.

Fácilmente ocurre que la mesura nos abandona cuando recorremos caminos desconocidos. Fue una suerte que en ellos me acompañase mi hermano Otón y que adelantase con prudencia el pie a mi lado. Muchas veces, cuando yo había llegado al fondo de una palabra, corría con la pluma en la mano al piso de abajo para comunicarle mi hallazgo, y otras veces era él, a la inversa, quien subía al herbario portando igual mensaje. Nos gustaba realizar construcciones que llamábamos "módulos". En una papeletita escribíamos en versos sencillos tres o cuatro frases, en las cuales tratábamos de engastar un pequeño fragmento del mosaico del mundo, a la manera como se engastan piedras en metales. También al construir aquellos módulos empezamos por las plantas, y siguiendo aquel camino llegamos cada vez más lejos. Describíamos de ese modo las cosas y sus metamorfosis, desde el grano de arena hasta los acantilados de mármol y desde el segundo fugaz hasta las estaciones del año. Al atardecer nos pasábamos el uno al otro las papeletas y,una vez leídas, las arrojábamos al fuego que ardía en la chimenea.

Pronto notamos que la vida nos era propicia y que una seguridad nueva iba apoderándose de nosotros. Reina y maga es al mismo tiempo la palabra. Nosotros partíamos del excelso ejemplo dado por Linneo, quien penetró en el caos del reino animal y vegetal llevando en su mano el bastón de mariscal que es la palabra. El dominio de Linneo, un dominio más duradero y maravilloso que todos los imperios conquistados con la espada, perdura sobre los prados de flores y sobre las legiones de gusanos.

miércoles 4 de febrero de 2009

La biblioteca está en llamas (3)

Veintidós concubinas reconocidas y una biblioteca de 62.000 volúmenes daban fe de la diversidad de sus inclinaciones; y, por los frutos que dejó tras él, se diría que tanto las primeras como la segunda estaban destinadas al uso y no a la mera ostentación.

La biblioteca está en llamas (2)

Porvenir,
recuerdo matices
tan leves.
En el fuego de lo que fue
arde lo que será.